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DREYFUS POR STUPÍA
Eduardo Stupía
15/3/2009
Escribir sobre los trabajos de Diana Dreyfus implica rápidamente la sospecha de que al hacerlo se irrumpe en casa ajena, vulnerándose de algún modo una corriente innata, una disposición meditativa. El mero hecho de escribir se transforma en una operación demasiado ruidosa, y cualquier palabra, cualquier presunción de hacer sentido parece que esta de más, como una irrupción abusiva que perturba el delicado soplo vital que anima sus piezas y que parece ser todo lo que necesitan.
Con extraordinaria sobriedad, afirmada pericia técnica y la imprescindible intensidad emocional, Dreyfus está muy atenta a la respiración de su obra a medida que la desarrolla, sigilosamente involucrada en lo experiencial, lo cual no impide – más bien, garantiza – que se vea nítidamente su modesta vocación de aplicarse estrictamente al ensayo gráfico, a las simples transiciones de los estados de la tinta y los registros del papel según un modus operandi que incluso se permite revelarse como acotado en sus variables y recursos. Esencialmente, el lenguaje sincrético de Dreyfus es, a un tiempo, la comunión y el divorcio de lo que impregna con las cualidades secretas de lo impregnado, del movimiento y lo inmóvil, de lo seco y lo húmedo. Su sonoridad es la del estruendoso contraste de espesas manchas y repentinos grumos, en oposición a la dinámica de los trazos, ya sea escuetos o extendidos; y su regla tácita, un apego menos programático que instintivo a la manera en que el arte oriental trató el paisaje, con ese incierto estatus entre la referencia escénica y la metáfora visual, que empieza a comprometer el umbral de acceso apenas se manifiesta. También, los modos de ataque del pincel, en diversos ángulos o grados de aceleración, o a través de los minuciosos detallismos, proponen que lo gestual sea más una microfísica de la energía concentrada en los dedos, en las posiciones de la muñeca y por ende de las mínimas alteraciones de postura de la mano, antes que de los brazos o el cuerpo.
Como cuando el oído y el caracol se confabulaban para hacernos creer que escuchábamos el rugir del mar, aquí vemos o creemos ver las marcas del flujo y reflujo de una marea oscura sobre la arenosa intemperie de estos tenues soportes, imbricados del espíritu del líquido que los modifica, así como las telas desmienten su trama emparentadas íntimamente con las sucesivas capas de papel que sostienen el intrigante efecto de espacio, cielo, tierra y agua, en un artificio de perspectiva atmosférica que, sin embargo, parece de pronto revertir toda alusión para petrificarse en pura materia sin imagen.
Esas líneas y pinceladas de tan diversa conformación, puntillosas y ríspidas, o bien condensadas y oleosas, parecen haber sido volcadas no sobre el plano sino sobre el aire inmediatamente contiguo, en una flotación tan persistente como incorpórea; el conjunto se impone como la expansión fragmentada de un territorio ilimitado, que la artista subdivide en los formatos del papel, en sus pliegues y dobleces, en los encuadres de las telas, para redescubrirlo sostenida en las galas del blanco y el negro. Y así como no hay aquí ni la confirmación categórica de un punto de vista, ni la hipotética estructuración del cuadro en cuanto a tema o motivo, cada planteo es lo suficientemente permeable a la mirada como para que nos sintamos tentados a identificar con el recurrente reflejo narrativo esas señales, que por otra parte se empeñan en ser casi imperceptibles, equívocas. Dreyfus coloca al espectador frente a la topografía de una zona imprecisa, en ese punto de inflexión donde los signos se agrupan y articulan de manera de no hacerse refractarios del todo a nuestra proximidad, aunque manteniéndonos saludablemente a raya, inmersos en el silencio óptico, detrás de una barrera de vacío.
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EL “TURNING POINT” DE DIANA DREYFUS*
Corinne Sacca Abadi
1/4/2000
Desde hace algún tiempo pareciera que los artistas abstractos están engrosando la lista de las especies en extinción. Más allá de modas odiosas y cierta necesidad de adscribirse a los cambios de códigos epocales, la pintura de Diana Dreyfus revitaliza dicha estrategia discursiva con un fuerte argumento: la calidad de la obra.
Han pasado noventa años del día en que Kandinsky presentara su primera acuarela absolutamente abstracta. Desde entonces se sucedieron distintos movimientos no figurativos cuyos ejes alternan entre búsquedas espirituales o de transformación social, a veces de pura racionalidad, el Constructivismo, el Suprematismo con su violento rechazo hacia la naturaleza, diversas geometrías, el Informalismo, la abstracción lírica, el expresionismo abstracto, etc.
Diana Dreyfus nació en el 55, uno de los momentos de esplendor del arte abstracto. Uno de los sentidos del por qué del auge de la abstracción durante esa década tiene su explicación en sucesos históricos previos. En los E.E.U.U. comenzaban a difundirse las imágenes del horror de la segunda guerra, fotos de los campos de exterminio fueron apareciendo en Europa a pesar de las censuras y presiones políticas. Mostrar el caos e intentar “borronear o disolver” la insoportable realidad resultó para algunos artistas una manera de referirse a lo irrepresentable durante la posguerra. La idea era gestar un mundo nuevo y diferente, retornar al cero, introducirse en la nada a la manera de Oriente como en un vacío generador. En una lectura filosófica del arte chino, el vacío, el vacío aparece como principio activo y dinámico; es el lugar donde se operan las transformaciones.
Diana Dreyfus presenta obras de gran formato donde la pintura se diluye, se derrama, de pronto surge el gesto contundente y enérgico sobre la tela, el impulso inicial parece apaciguarse en un segundo tiempo para favorecer una actitud contemplativa. Casi no necesita utilizar pinceles, trabaja con trapos, con aerógrafo, arroja la pintura, la deja actuar, la espera y se sorprende del resultado. Por momentos la clave de su obra se funda en la disolución del color que alude a un leve y etéreo registro de vida en un espacio inventado, donde pequeños detalles atrapan nuestra mirada. Un cromatismo con preponderancia de los rojinegros, magentas, amarillos, anaranjados y de pronto la bella severidad de los negros con blancos. Se percibe un clima de eufórica libertad en la horizontalidad plena o la verticalidad definitiva de los cuadros, donde el caos es rico en ideas que permanecen difusas, como sugerencias que no pretenden imponerse. Hay silencios conmovedores, algo extremadamente sutil se moviliza, un torbellino de salpicaduras como efímeras sensaciones líquidas que no logramos asir. La artista logra en sus cuadros transmitir una intimidad vinculada con vivencias tempranas. Elige lo mínimo, elude la anécdota, la obra renuncia a la narración. Surge lo fragmentario, señala la vivencia de escisión del sujeto que se reconoce como un ser divido, habitado por realidades diferentes y contradictorias. Son obras poéticas que despiertan un clima afectivo ligado a nuestra indefensión, a la precariedad y la fragilidad de nuestro mundo; invitan a disgregarse, tal vez para recuperar estadios anteriores del sujeto, de la especie, como un intento de desandar el camino de la educación y la cultura.
¿Qué hace D. D. frente al vacío? Penetrarlo, habitarlo, circular a través de él. No necesariamente busca construir formas nuevas. En el universo de lo visual existe también lo invisible que es inefable y por cierto inquietante. La obra de Diana Dreyfus nos conecta con esa dimensión del arte.
* Este comentario crítico fue escrito durante la muestra “ Punto de Viraje, Turning Point” CCRecoleta, Marzo/Abril 2000
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